La miro y sé lo que piensa: ¿cómo nadie se puede dar cuenta?
Increíble me pareció hasta que descubrí que no era culpa de nadie, simplemente le pasó, sin más, se acomodó en su función de oreja del mundo hasta que se le olvidó que tenía corazón…
…Incapaz de cambiar por nada, por nadie, consciente de que no existía nada peor que fallarse a uno mismo a pesar de que los demás pudiéramos ver un punto de egoísmo en su día a día…
…Ya no esperaba por no desesperar. Demasiado tiempo había desperdiciado planteándose hipótesis que partían de suposiciones absolutas, nada realistas. Pero el eclecticismo le daba una visión nada agradable. Sin quererlo, las conclusiones le dejaban en peor lugar del deseado. Aún así, tendría que aceptarlo…
…Sus ojos solo pedían una oportunidad. Una oportunidad para poder equivocarse, para poder decir “nunca jamás” o “una vez yo”, para poder seguir adelante por un tiempo, para poder camuflarse moralmente en la sociedad, para poder sacar todo lo que llevaba dentro…
…Sinceramente, temía su reacción. No porque fuera a hacer algo legalmente incorrecto sino porque, aunque no hoy ni mañana pero puede que dentro de no mucho tiempo, cambie. Ese era mi temor. Es normal, pienso, “todo el mundo se cansa de esperar”...
…La conocí un fresco día de otoño, caminaba sola por la calle con las manos en los bolsillos, disfrutaba del viento frío en su cara, miraba al suelo. No estaba triste, solo pensaba. Pensaba y escuchaba. No sentía.
domingo, 23 de noviembre de 2008
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